En pocas palabras

junio 24, 2009

A los 21 años verse envuelto en el proceso de creación de canciones se vive como una aventura. Una vez descartada la posibilidad de ser el sucesor de Quini y después de algunos años cultivando la afición por la música a través de la asistencia a los más bien escasos conciertos que se celebraban por estos lares, uno tenía unas ganas difusas de asumir un papel más activo. Lo malo era que no había aprendido a tocar la guitarra.

Pero las casualidades existen y una estupenda fue mi encuentro con Carlos Redondo, quien me habló de los problemas que el grupo tenía con las letras. Me postulé sin pensármelo dos veces y a los pocos días Los Locos, en trío, me regalaron una muestra de su repertorio en el local de ensayo que por entonces ocupaban en el recinto de la Feria de Muestras. De allí salí impresionado y también acongojado por la responsabilidad que se me venía encima, porque las canciones eran soberbias (allí y entonces escuché por primera vez las que luego serían Estás en New York y Recuerda Marrakech, así como otras que se incluirían en la maqueta con la que ganaron el primer concurso de maquetas de Radio Asturias FM) y no era cuestión de estropearlas con letras chungas.

Manos a la obra. Al principio pretendía escribirlas del tirón: me quedaba por la noche con el cassette y los auriculares, dándoles a los botoncitos una y otra vez, adelante y atrás, contando sílabas para ver si cuadraba la frase, tachando y anotando ideas al margen… Enseguida me di cuenta de que esa no era la mejor manera de proceder. No había momentos específicos para escribir una canción sino que cualquier momento podría ser válido, así que esas canciones que me grababan en cintas tendrían que vivir conmigo durante una temporada, tendrían que marcar el ritmo de mis pasos cuando caminase o subir conmigo al autobús, tendrían que merodear por mi cerebro en las clases de la facultad, salir conmigo a tomar unas cervezas e irrumpir en medio de una charla con los amigos. Así, a retazos, con esas melodías acampadas en mi cabeza, tirando, como quien tira de un hilo, de una frase que había acudido a mí quizá en el instante menos conveniente, así se iban construyendo, con unas pocas palabras, las letras de las canciones de Los Locos.

El autor con una melodía en la cabeza

El autor con una melodía en la cabeza

Otra cosa es el análisis, para el que me confieso bastante incapacitado quizá por no poder distanciarme. Podría hablarse, en general, de una evolución marcada por una mayor presencia de la experiencia personal, aunque el pudor siempre me impidió ser demasiado explícito –y, además, las canciones las cantaba Carlos- y prefería insinuar o sugerir y hablar a través de personajes que, aunque algo tenían de mí, se interponían entre los textos y yo. Una de las cosas más hermosas –y creo también que más precisas- que me dijeron sobre las canciones de Los Locos es que no contaban ninguna historia, pero evocaban cientos. Me vale. También resulta lógico suponer que al principio, con pocos años y escaso bagaje de vivencias, echase mano de mis aficiones literarias y cinematográficas. Más tarde, cercana ya la barrera de los 30 años, vino Algo salvaje, que superficialmente es un homenaje a Lou Reed, al que Paco y yo adoramos, pero que expresa, sobre todo, la resistencia sentimental a convertirse en adulto (“te has vuelto cuerdo porque todo es normal”). Y aquí estoy, supongo que irremediablemente adulto, pero confiando en que mi corazón esté todavía del lado salvaje.

BONI PÉREZ (texto publicado en la revista El Súmmum)

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