Locos

junio 24, 2009

Por si alguno de ustedes se lo había preguntado, empecé a ser un imbécil a muy corta edad. Hacia los 14 o los 15 años ya apuntaba maneras de perfecto imbécil, pero mi progresión se frustró cuando descubrí que hasta para eso había que esforzarse. ¿O acaso se piensan los jóvenes de hoy que la faltosez la dan los matos? No señor, como la tierra, es sólo para quien se la trabaja. Así que me quedé en idiota de medio pelo. Pero ¡qué ínfulas las mías cuando iniciaba mi segunda adolescencia! (Parece ser, o eso me ha dicho Lucía, la profe del mi chiquillo, que la primera adolescencia acontece entre los dos y los tres años de edad: doy fe de que así es, y no quiero ni pensar en lo que me espera cuando llegue la de verdad. Servidor anda a día de hoy por la tercera o la cuarta. Es muy cansado). En aquellos tiempos, con un imponente mostacho y un acné feroz, ya me las daba yo de erudito en casi todo pero, mayormente, en las cosas de la música. Dejaré claro desde ya que, pese a toda la paciencia y la buena voluntad puestas a mi disposición por el maestro Óliver Díaz, no soy capaz de poner una nota en su sitio (sobre el pentagrama, tal vez: otra cosa ya es cantarlas). Eso no me ha impedido ponerme pijo cuanto he querido y más, como si hubiera conocido personalmente a Beethoven o le hubiera echado una mano a Wagner con el libreto de la «Tetralogía». Sí, es cierto, siempre he sido un pedante, pero sin alcanzar el grado máximo de depuración que el tiempo y la perseverancia deberían haberme otorgado. Eso significa que dentro de este gremio, el de los pedantes, hay muchos que me dan cien vueltas, unos tipos que se toman demasiado en serio y a los que nada pone más contento que mostrar al mundo lo mucho que creen saber, como quien exhibe sus partes buscando causar conmoción entre el auditorio para que al final resulte que la tiene más bien pequeña (o fea, que también puede ser. Porque hay penes feos. Yo no me he molestado en hacer un catálogo exhaustivo, ni siquiera aproximado. Pero haberlos, haylos, que me lo han contado).

A este señor le vino bien su dosis de música pop

A este señor le vino bien su dosis de música pop

Luego empecé a escuchar música pop y la cosa se torció. Hoy sé que una cosa no quita la otra, que se puede escuchar a Mahler y a Camilo Sesto (es un decir) y no desquiciar. Pero con 14 años y todo el mundo a tu alrededor dejándote bien claro que tu coeficiente intelectual es de tres cifras ni se me ocurría. Mi hermano Nacho escuchaba por entonces a unos rapazos de Gijón que hacían unas canciones más bien cortas y extremadamente contagiosas. Mientras en la habitación que compartíamos sonaba el estribillo aquel que les salió escatológico, ese de «no reniegues de mis besos y me harás un poco más feliz», yo seguía a lo mío, intentando abarcar de oído 10 o 12 siglos de patrimonio musical. Al final caí, claro, porque, salvo que nos las veamos con un recalcitrante o un perfecto imbécil, es imposible que a uno no le gusten las canciones de «Los Locos». Recuerdo que, años más tarde, me llevaba sus discos a Madrid, cuando iba a cortejar: todos los que escuchaban su música se quedaban irremediablemente prendados (del conjunto y especialmente de la voz tremenda de Carlos, la versión salada y gijonuda de Paul Weller). El otro día se presentó el precioso álbum que recoge todas sus grabaciones, las canciones que me impidieron convertirme en un completo soplapollas (con perdón) y alguna más. Yo fui a ver si me emocionaba, pero al final no hubo lagrimillas nostálgicas. Porque «Los Locos» suenan como si fueran cosa de ayer mismo, para escarmiento de practicantes y consumidores del más abyecto ñoñi-pop. ¿Quién dice que no triunfaron? Y, de ser así, ¿a quién le importa realmente? Si durante una fracción de nuestras miserables vidas, y aún hoy, nos hicieron cantar, bailar y disfrutar. Como locos, por supuesto.

PACHI PONCELA (texto publicado en el diario La Nueva España)

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